EL TANG Y EL NESCAFÉ (o la paradoja de lo orgánico)



Todo comienza con la historia de la sociedad, hemos vivido en tribus y clanes desde siempre, tenemos una memoria que nos hace ser terrestres y saber de una u otra forma a qué nos vamos a dedicar y cómo vamos a dirigir nuestra vida. 


El momento actual del mundo es tal que estos clanes, oficios, clases y razas están mezclados y la información se ha diversificado tanto que la sociedad mundial de la que somos parte ahora, muy poco tiene que ver con las sociedades del pasado, donde existía un orden más claro, por familias, por grupos, oficios y creencias.

Hoy todo es posible en todos los ámbitos que nos imaginemos, y es por eso que vemos cualquier una gran mezcla que antes podría ser exótica, excéntrica e imposible. 

Las familias cambiaron de forma, las religiones están perdiendo su institución, los oficios son distintos y el ser humano moderno busca en otros medios la pertenencia al planeta de una forma más global e incluyente. Hoy existen mujeres presidentes, sacerdotes hindúes rubios y europeos practicando tradiciones preamericanas; tribus mestizas con culturas siguiendo doctrinas ancestrales, matrimonios con diversas ecuaciones genéricas, trabajos por Internet que nunca nadie se imaginaría, niños estudiando en escuelas donde ya no hay ni libros ni materias. Estamos en un momento muy emocionante de la humanidad, pero también nos hemos separado demasiado de nuestra naturaleza, tanto que ya no parece el planeta Tierra en el que estamos; la tecnología y la educación nos han llevado al aislamiento y a la desconexión de nuestra identidad más profunda, y esto se ve reflejada en los rostros de las personas que están agotadas de trabajar de sol a sol para mantener un mundo desigual, y por lo tanto, no están contentas.

Hoy la felicidad es la escasez y la acumulación, la competencia y la depresión es la abundancia. La balanza se ha inclinado hacia un progreso que no contempla los sueños de las personas ni sus inclinaciones más fuertes internamente. Nuestra psicología está desequilibrada y nuestro ánimo roto, estamos tan cansados que en lugar de contemplar el atardecer preferimos encender la tele y aceptar todo lo que nos cuenta la publicidad y los medios, los cuales hablan parcialmente de lo que sucede en este mundo, y mayoritariamente nos cuentan malas noticias.

Hemos sido testigos vivenciales de la llegada de la energía eléctrica a comunidades indígenas donde pasamos noches con velas escuchando historias increíbles de abuelos que les contaban sus abuelos, y nos las traducían porque apenas si hablaban nuestro español; los niños jugaban toda la tarde en los montes. Regresamos unos años después y observamos un silencio vacío, las calles llenas de postes de luz y los niños jugando videojuegos en sus casas o viendo la tele.

Claro que esto es lo que ellos querían, y nos lo decían. Nunca vamos a olvidar aquella mañana que desayunábamos con nuestros hermosos vecinos y maestros de náhuatl, Don Luciano y Doña Trini, que nos ofrecieron nescafé y tang (polvo azucarado químico sabor naranja) mientras nos decían: “Aquí cultivamos café y naranjas para poder comprar nuestro tang y nuestro nescafé”.