BLOG: LOS NIÑOS CANTORES DEL CIELO


San Pedro Huitzquilico es la comunidad más alta de todo el Municipio, la sensación de ir en una camioneta durante tres horas, sin techo, con tubos para detenerse, con la Sierra Madre enorme a un lado y con todas las personas alrededor hablando náhuatl es algo difícil de explicar.


Porque al entender algo de náhuatl uno pierde la percepción del mundo en español y comienza a verlo todo desde otro lenguaje, el cielo es ilhuícak, el árbol es cáhuitl, la tierra es tlali, el río y el monte tienen un dueño que se llama teyume, y cuando los cóyotl como nosotros no respetamos la naturaleza, los teyume se van.

La escuela a la que iba a dar clases de música está encima de los montes, es un paisaje majestuoso ya que la altura es impresionante, el aire es muy fresco y puro.

Tengo como a treinta niños y niñas náhuatl de ojos negros brillantes que cantan con una belleza de tal magnitud que aveces me emocionaba tanto que quería llorar. Hacíamos un círculo, cantábamos y reíamos, yo no cabía de felicidad, esos niños eran tan puros y tan sencillos que parecía estar en el cielo.

Un día hice unos ejercicios de respiración con ellos y una niña se desmayó, sentí muy feo cuando un profe me dijo que era porque sólo desayunaban café negro, los niños sólo tenían un uniforme y unos zapatos, sus casas de piso de tierra y techo de láminas a veces se caían con el aire de ese lugar tan alto, pero ellos decían que mientras menos tenían menos perdían y que Dios los cuidaba.

Yo aprendí de ellos a ver la música desde el punto de vista de un niño indígena que vive muy lejos de las ciudades pero muy cerca de los cielos, ellos sabían de música por los pájaros y los sonidos que escuchaban, sabían hacer sonidos tomáhuac (gordos) y sonidos pitzantzi (flacos), entendían perfectamente todo lo que yo les pudiera enseñar y me traducían todo lo que yo quisiera, a veces jugábamos y cuando ellos salían a recreo yo me comía mi lunch viendo la maravillosa ingenuidad y gracia de todos los niños de esa escuela, eran en verdad hermosos.

Mi trabajo era prepararlos para un concurso de canto, los maestros y el director esperaban que aprendieran solfeo, pero yo jugaba con ellos desde su mundo de poesía y sonidos puros de un lenguaje ancestral de la tierra, fui criticado por ello, ya que el náhuatl estaba mal visto.

Aún así ganamos el concurso y festejamos felices, mi temporada en el cielo había terminado, salí de la escuela con un ánimo increíble y volteé por última vez a ver a esos niños, sabía que no los iba a volver a ver y me intenté quedar con lo más que pude de aquellos días. 


Decidí regresarme caminando más de cuatro horas hasta mi casa en el pueblo de Xilitla, estaba profundamente conmovido por haber vivido esa experiencia, mientras caminaba como flotando y veía la impresionante Sierra que nunca se acababa en el horizonte limpio, lloraba de felicidad y gozo agradeciendo a todos los teyume por haberme dado permiso de cruzar sus reinos..